LAYLA y OTO, o la Puerta Secreta.

   El sueño de Laila era ser grande. Grande y fuerte.

   Para ser un hada de bosque, no era ni muy baja ni muy alta. Ni muy gorda ni muy flaca. Era un hada normal, con sus alas en la espalda, sus pies diminutos, su corona de flores y sus orejas puntiagudas.

   Pero Laila quería ser muy grande, tan grande como una cascada, un pino o incluso una gran roca gris.

   Había preguntado por miles de remedios para crecer, trucos, pócimas secretas, pero nada. Nadie le daba una solución que funcionara. Laila estaba triste, muy tiste. Ya no salía a jugar con el resto de hadas, ni se bañaba en el río, ni cuidaba de los ciervos perdidos.

   Tan grande era el dolor que ella sentía, que sus padres decidieron convocar un Corro de Hadas con todos los seres del bosque, para ver si entre todos podían ayudarla. Una de las hadas más ancianas fue la primera en dirigirse a Laila:

   - ¿Cómo te encuentras Laila?
   - Pequeña, contestó el hada.
   - ¿Por qué quieres ser tan grande?, preguntaron al unísono el resto de hadas reunidas.

  Laila titubeó un instante. No sabía si decir la verdad. No la entenderían, pensó. Pero al final, como las hadas son valientes, se decidió a hablar:

   - Quiero ser grande y fuerte para poder abrir la Puerta Secreta. Para saber qué hay tras ella.

    El Corro de Hadas enmudeció.

   La Puerta Secreta llevaba en el bosque mucho antes de que el bosque fuera bosque, antes del río y las fuentes, e incluso, aseguraban los más atrevidos, mucho antes de que las estrellas comenzaran a brillar.

   Era una puerta muy grande y dorada, con incrustaciones de piedras preciosas. Una puerta maravillosa que nadie se había atrevido a abrir jamás

   - Laila, volvió a hablar el Hada anciana, - no sabemos que nos espera si abriésemos esa puerta. Es muy peligroso. Nadie puede correr ese riesgo. Lo sentimos Laila.

   El sueño de Oto era ser pequeño. Diminuto.

   Su abuelo siempre le decía que con el tiempo y paciencia los sueños podían hacerse realidad. Pero Oto, aunque era muy joven, sabía que el tiempo lo empeoraría todo. Su sueño era un gran problema para él, porque Oto era un gigante.

   Para ser un gigante de las rocas, no era ni muy grande ni muy pequeño. Ni bajo, ni alto. Era un gigante normal. Con sus seis metros de largo, su voz ronca y sus pies gigantes de gigante. Pero Oto quería ser pequeño como un gnomo, una musaraña, o incluso una luciérnaga.

   Había dejado de comer para no crecer, de moverse para no estirarse, e incluso había empezado a dormir dentro de un árbol para ver si así conseguía reducirse un poco.

   Aunque su familia le había preguntado mil veces, Oto temía decir la verdad. Porque para un ogro, lo más grande, es ser muy grande.

   La realidad es que quería ser pequeño para poder pasar por una pequeña puerta mágica que había en su bosque. Según le habían contado en la escuela, esa puerta llevaba allí desde mucho antes que naciera el primer ogro, desde que se formara la primera roca, e incluso, decían los más sabios, desde que las estrellas comenzaran a brillar.

   Era una puerta negra muy pequeña, hecha de pedernal y plata deslucida, y aunque a él no le daba ningún miedo, el resto de ogros de su comunidad ni se acercaban a ella por temor a que se abriera sin querer, y salieran males desconocidos que no pudieran controlar.

   Una noche Laila no aguantó más. Sabía que no tendría fuerzas para girar ese pomo tan grande, pero tenía que intentarlo. Salió de su casa con mucho cuidado y volando en total silencio, como sólo saben hacerlo las hadas, llegó hasta la gran puerta.

   En su mundo, Oto, a la vez, no paraba de dar vueltas y de pensar y pensar. Sabía que no podría traspasar la puerta por su tamaño, pero tenía que saber que había detrás. Sin decir nada a nadie se vistió sigilosamente, y corrió al sendero donde estaba escondido su pequeño sueño.

   Laila posó su frágil mano en el pomo.

   Oto se tumbó y cuidadosamente con sus dedos giró el pequeño picaporte:

   Y la puerta se abrió.

   Y Laila encontró a Oto.   Y Oto encontró a Laila.

   La gran mano del gigante cogió la pequeña mano del hada y juntos se quedaron profundamente dormidos. Y juntos soñaron toda la noche.

   Cuenta la historia que los dos mundos volvieron a unirse como en el principio de los tiempos, cuando aún las estrellas no sabían sonreír. Y que desde aquel día, puedes encontrarte ogros paseando tranquilamente por el bosque de las hadas o si te fijas bien, hadas ayudando a ogros en alguna roca gris
Danielle Margutier
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