BRIGIT, el Hada Oscura.

    Mi nombre real es María Brigit Antonieta Cecilia de las Flores y el Viento, pero desde hace cientos y cientos de años todos me conocen como el hada Oscura. Cuando era pequeña no me gustaba nada, pero nada, que me llamaran así.

    - No lo entiendo, le decía a mi madre día tras día.    - ¿Por qué tengo que llamarme Hada Oscura? Es un nombre feísimo, triste y muy soso.

   Mi madre siempre contestaba con la misma frase y una sonrisa paciente en la cara: 

   - Yo también me llamo Hada Oscura, y tu abuela, que lo heredó de su madre, tu bisabuela, y ésta de la suya, y así durante generaciones y generaciones. Somos las hadas de la oscuridad. Es un nombre mágico. Algún día lo entenderás.

Y ahí se acababa la conversación siempre.

    Lo que no sabía nadie, es que el nombre me horrorizaba porque odiaba la oscuridad. Por el día no había problema, la oscuridad se esconde en los rincones del bosque, dentro de los armarios, debajo de los helechos, en un cajón. No la ves.

   Cuando empieza a atardecer, se va colando poco a poco, en silencio, para que no nos demos cuenta. Al llegar la noche, la oscuridad lo ocupa todo y entonces, yo empezaba a temblar. Me moría de miedo. En el sendero, en mi cama, corriendo entre las setas, dentro de un armario… Imaginaba figuras detrás de la fuente que sale del pino, sombras que se iban transformando en trols, ruidos extraños…Y fuera donde fuera, ella estaba ahí, esperándome.

   Bueno, como entenderéis, para alguien que se llama Hada Oscura, esto era un verdadero problema.

   Pero una noche, hace ya muchas lunas, mi madre me abrazó con mucha delicadeza y me dijo:

    - Mi hadita, despierta, ha llegado el momento. Ya estás preparada para acompañarme. Rápido, vístete. Tenemos que trabajar.

   Aunque hacía frío y nevaba, fuimos volando entre los árboles hasta una cabaña de madera que había en mitad de un prado, cerca de un río, más allá de los límites de nuestro asentamiento. Nos posamos en la ventana en silencio. Dentro se podía ver una habitación muy bonita, con una gran alfombra y juguetes. En la cama, que estaba en el centro, un niño lloraba y lloraba sin parar, abrazado fuertemente a un lobito de peluche.

   - ¿Qué le pasa mamá?.. Pregunté muy bajito.
    - Llora.
    - ¿Porqué?.
    - Su madre ha tenido que salir. Ha ido a por leña. La chimenea se ha apagado y pronto empezará a helar.
    - ¿Llora porque tiene frío?.
    - No, llora porque tiene miedo a la oscuridad.

   En ese momento, ella me hizo una señal y nos colamos en la habitación, por una rendija que había, hasta llegar a los pies de la cama. Mi madre se acercó al niño y lo abrazó, suavemente le acarició el pelo y le secó las lágrimas. El niño sonrió. Entonces ella, mi madre, el Hada Oscura, empezó a cantar. A cantar una canción especial, una canción que solo sabemos nosotras, las Hadas Oscuras.

   Una canción que habla sobre las maravillas de la noche. Sobre lo importante que es la oscuridad para poder ver la luna, para mirar las estrellas, para hablar con las luciérnagas. Que habla sobre seres mágicos, que arropados por el terciopelo de la noche, guían a todos, niños y mayores, por los bosques y caminos, seres que cuidan a las personas cuando están solas, perdidas, seres que nos protegen.

   Una canción que me enseñó mi madre cuando era pequeña, y que a ella le enseñó mi abuela, que la aprendió de su madre, mi bisabuela, y ésta de la suya, y así durante generaciones y generaciones.

   Y así el niño se durmió.

   Una canción que no recordaba y que ya no olvidé jamás, porque desde entonces, todas las noches la canto, a cualquiera que lo necesite, para que descubran lo mágica que es la oscuridad.
Danielle Margutier
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